Mientras tanto, la lluvia.


Sobre su techo de zinc agujereado por el oxido, las gotas se filtran y caen sobre un cubo de agua predestinado a recibir a las rebeldes que se escapan del sitio por donde deberían resbalar hasta impactar como un chorro perfecto el suelo. Allí en su cama junto a sus dos hermanas, ella piensa que cada vez que llueve, el cielo interpreta una melodía complejísima y a la vez mágica e irrepetible. Le encanta darle nombre a cada pieza; la de esta noche: ‘Concierto de un firmamento melancólico’.

Ahora está en París, imagina como la lluvia cae suavemente sobre Las gárgolas de Notre Dame y a través del Louvre para fundirse finalmente con el Sena. Éstas son las únicas partes de la ciudad  que ha conocido gracias a las clases de geografía de su escuela. Nunca la ha visto con sus propios ojos, pero a través de la retina de su imaginación puede ver claramente a la torre Eiffel recitándole poemas a las nubes haciéndolas responder con un llanto que rocía las calles pues saben que es un amor imposible.

Volviendo de su viaje por el viejo continente, recuerda al joven que en el lado opuesto de su ciudad, cuenta las gotas de manera metódica. La cifra es precisa: ocho millones doscientas cuarenta y nueve gotas; sí, algún día él le dirá la cantidad exacta de líquido cósmico que vertió el universo sobre sus cabezas esa noche.

Mañana deberá madrugar para ir a clases, pero ya habrá tiempo para eso, por ahora… la lluvia.

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Me cansé de soñar.


“Cuando una persona comprende que vive sólo una vez, las aventuras simples, las cosas sencillas le son de suma importancia para el desarrollo vital y espiritual” – (Víctor López Rache, prólogo de ‘Madame Bovary’)

ME CANSÉ DE SOÑAR,

Me hastié de ese mundo inexistente que encuentra refugio en el silencio de mis pensamientos y que he construido a base de planes, deseos, y fantasías.

“Cuando una persona comprende que vive sólo una vez, las aventuras simples, las cosas sencillas le son de suma importancia para el desarrollo vital y espiritual” – (Víctor López Rache, prólogo a ‘Madame Bovary’)Hay momentos en la vida en los que solo desearía tener un instante para reír, para gozar, para ir, para palpar, para zambullirme, para probar, para escuchar, para besar, para saltar, para detenerme, para susurrar, para olfatear, para admirar, para recordar,  para enmudecer de asombro, para llorar, un instante que me haga sentir vivo.

¿Qué me detiene?

El miedo a lo desconocido, a lo no experimentado,  a lo que no puedo controlar, lo que mes puede sorprender y posiblemente lastimar, el temor a lo que no se encuentra descrito en mis libros de infancia, aquello que me puede esclavizar,  eso en lo que me puedo sumergir y olvidar lo que en algún momento fui.

¡Cuánto desearía no tener nada que perder e ir por todo lo que siempre ha anhelado cada recodo de mi existencia!

Lamentablemente aún tengo mucho que cuidar: Una familia, una carrera profesional, una religión, una imagen, un concepto, una vida.

Sólo espero que el momento en el que decida mandar todo lo que me preocupa actualmente, por el retrete, todavía exista algo de todo lo anterior descrito -y que hubiera deseado hacer mucho tiempo atrás-, esperando por este pusilánime en el que me he convertido y que tal vez sólo merece recoger los frutos de su cobardía.