3, 2, 1…


Silencio. Incredulidad. Shock. Y finalmente: vacío.

Pocos momentos son tan impactantes en la vida de un ser humano como aquellos en los que se siente que “se cae el suelo bajo los pies”.  Ningunas palabras describen mejor lo que se experimenta cuando nuestros escenarios más temidos abandonan las pesadillas y oscuras fantasías para materializarse en el mundo real, eventos para los que no se tenia ni un ápice de preparación: La muerte repentina de un ser querido con toda una vida por delante, el despido de un trabajo en el que se esperaba ser el empleado del mes, el repentino ‘Adiós’ de una persona con la que se pensaba estar el resto de tu vida.

La tierra bajo tus pies no se inmuta,  sin embargo, aparece esta la sensación de que todo se ha derrumbado, de que quedas suspendido en el espacio y en el tiempo con un solo pensamiento fijo: “Esto no esta pasando”, los latidos de un corazón que martillea tan fuerte que sientes que va a salir del pecho, el sudor intenso de las manos que no cesa, el silencio abrumador de los alrededores, el impresionante vació en la zona abdominal. Literalmente, es como si la película de la vida se pusiera en pausa y continuara en una hecatombe de dimensiones apocalípticas ante la cual preferirías dejar de existir, antes que ser el protagonista.

Cuando nos aferramos demasiado a un lugar, a un trabajo, a una casa, a una persona, a un momento, la vida nos sacude violentamente; nos recuerda (con dolor, pues lo que no se aprende con sangre se olvida fácilmente) que todo es efímero; nos  quita aquello que por temor a ser miserables rehusamos a soltar;  nos deja frente a una decisión simple, que generalmente terminamos agradeciendo: Avanzar o morir.

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Ante ¿La muerte?


De rodillas en el suelo, espero el instante en el que el accionar del gatillo ponga fin a mi existencia.

Es extraño, lejos de sentir temor, frustración o tristeza, siento paz. Anhelo ese momento,  todo va a terminar. De el miedo a lo que habrá después de la muerte, ese que nos carcome, estimula y algunas veces entorpece, no queda nada.

Sé que no habrá túnel, mucho menos luz. De haber presencia de impulsos electromagnéticos, creo que se parecerían más a experiencias psicodélicas de un cerebro que se desconecta poco a poco y se funde en un abismo de inexistencia: su único momento de lucidez.

En algún momento creo que los dioses nos envidian. Ese escalofrío que  se experimenta al ver el cuerpo de un semejante yacer sin vida sobre el frio pavimento, y tener la seguridad de que en algún momento será el propio quien tomará el papel protagonico en tan tétrico escenario, solo lo comprendemos nosotros, los mortales. Nos envidian pues son incapaces de sentir la necesidad que nos empuja a vivir cada instante sabiendo que éste puede ser el último. Nos envidian pues son incapaces de sentir la necesidad que nos empuja a disfrutar cada instante sabiendo que  puede ser el último. Nos envidian pues en su eterna existencia no tendrán un momento que les haga sentir el gélido manto del olvido, el silencio y el vacío absoluto, susurrando en su oido.

¡Detente! Me digo. Es hora de cortar con el rollo metafísico. ¿No se supone que deberías estar recordando tu infancia? ¿El rostro de tu madre? ¿El cariño de esa mujer amada? Tal vez. Pero también puedo elegir pensar en aquello que nunca hice, en lo que encontré prohibido e impensable; de esa forma podría despedirme  de este mundo que encontré tan limitado para mi libertina alma, fantaseando.

Un momento, ya lo tengo: Quisiera pensar por última vez en…

Clic. El arma es accionada, pero de sus justicieras fauces no sale nada excepto ese tímido sonido al que no le sigue respuesta alguna.

Mierda – Pienso –, No servimos ni para quitar la vida en el momento adecuado.