Romántico hasta la médula.


Eros, ágape, filial, ¿A quién le importa como lo llamen? Siempre se tratará de ese fuego que arde en el pecho, que consume las entrañas, que hace soñar, fantasear, sufrir, rezar, prometer, renunciar, y la lista de verbos sigue hasta perderse en la infinidad de acciones a las que este sentimiento impele. Se trata de una fuerza capaz de hacer caer imperios, volver al ateo creyente, convertir al sabio en demente, construir mezquitas, pirámides, y palacios, y destruirlos con igual devoción. Se trata de ese virus que se instala en el cerebro y se extiende, a veces a ritmo lento, otras a uno vertiginoso, pero siempre seguro, envenenando cada fibra, músculo, hueso y célula que compone nuestro cuerpo, dejándolo vulnerable, inútil, ajeno.

Este post se lo dedico al amor, ese que en un instante me permite subir al olimpo y acariciar los pies de eros, y al siguiente me arroja con fuerza al infierno a la diestra de hades. Ese que me hace escribir sonetos y a la vez me impulsa a quemarlos en la hoguera. El mismo que hace lucir espléndidas las mañanas plétoras de aromas y colores, y en estado dicromático sume las noches para exaltar esa luna radiante que nos deslumbra en cada ciclo. Este artículo se lo quiero dedicar a ese romanticismo del que no me puedo sustraer, con el que fui maldito desde el día de mi nacimiento y el cual abrazo, pues he aprendido a vivir con su arbitrariedad, con su demencia, pero a la vez con su infinita e innegable belleza.

Se dice que es el único sentimiento capaz de obrar grandes cambios, y aunque afirmar tal cosa es una falacia, pues el dolor también palpable y sus efectos notorios, en éste artículo no haremos mención de éste último, sino de aquél capaz de sacar, en apariencia, lo mejor del alma humana. ¿Quién no se ha despertado con una ilusión a flor de piel? ¿Esa que nos susurra: Puedes ser mejor de lo que hasta ahora has sido? ¿Esa que nos acaricia mientras nos intenta convencer que el mundo no es únicamente oscuro como aparenta ser, sino que hay también en él luz, bondad, y belleza? Esa que nos sacude, nos toma en sus brazos y nos dice: ¡Eres importante para alguien! Sí, saben bien de lo que hablo, también han sido víctima de su dulce ponzoña.

Algunas preguntarán ¿Y qué hay de la realidad post-romance? ¿Qué pasa cuando se esfuma esa bruma que nos nubla el juicio? ¿Qué queda cuando ya no es calor lo que reina en el cuerpo? Ah sí: dolor, tristeza y el deseo inquebrantable de no volver a sentir. También estamos lo suficientemente relacionados con esa trilogía como para dudar de su existencia. Pero nunca la oscuridad le restará imponencia a la luz, de la misma forma como el dolor jamás podrá opacar las sonrisas, el placer, la felicidad. Y aunque ambos se presentan con tanta fuerza que nos sentimos tentados a creer que su opuesto se encuentra aniquilado, debemos recordar que ahí están, aguardando su oportunidad para hacer estragos. Ambos componen un paquete que se toma completo, o se deja intacto.

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