Mientras tanto, la lluvia.


Sobre su techo de zinc agujereado por el oxido, las gotas se filtran y caen sobre un cubo de agua predestinado a recibir a las rebeldes que se escapan del sitio por donde deberían resbalar hasta impactar como un chorro perfecto el suelo. Allí en su cama junto a sus dos hermanas, ella piensa que cada vez que llueve, el cielo interpreta una melodía complejísima y a la vez mágica e irrepetible. Le encanta darle nombre a cada pieza; la de esta noche: ‘Concierto de un firmamento melancólico’.

Ahora está en París, imagina como la lluvia cae suavemente sobre Las gárgolas de Notre Dame y a través del Louvre para fundirse finalmente con el Sena. Éstas son las únicas partes de la ciudad  que ha conocido gracias a las clases de geografía de su escuela. Nunca la ha visto con sus propios ojos, pero a través de la retina de su imaginación puede ver claramente a la torre Eiffel recitándole poemas a las nubes haciéndolas responder con un llanto que rocía las calles pues saben que es un amor imposible.

Volviendo de su viaje por el viejo continente, recuerda al joven que en el lado opuesto de su ciudad, cuenta las gotas de manera metódica. La cifra es precisa: ocho millones doscientas cuarenta y nueve gotas; sí, algún día él le dirá la cantidad exacta de líquido cósmico que vertió el universo sobre sus cabezas esa noche.

Mañana deberá madrugar para ir a clases, pero ya habrá tiempo para eso, por ahora… la lluvia.

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