Stop asking


De niño aprendí que preguntas como: Quién eres, cuál es tu historia, o qué esperas conseguir en la vida, eran fundamentales si se esperaba conocer a una persona. Sin embargo, últimamente no puedo sustraer de mi mente la idea de que hay encuentros en los que esas cuestiones pasan a un segundo plano, pues un breve momento basta para tener dejarse seducir por ese camino que se insinúa tentador a primera vista; que hay miradas que valen más que mil frases de cajón; que hay contactos leves de piel que liberan más energía que una explosión nuclear; que hay extraños silencios que dicen más que horas de conversaciones; que hay una comunicación indescifrable entre dos cuerpos que  juegan a dejarse atraer cual imanes.

Si me preguntas por que razón estoy escribiendo esto, o por qué no he podido olvidar tus manos desde que las tuve entre las mías, o por qué no he podido olvidar tus tímidos dientes, tus labios, y la forma como con ellos me hablabas; sin el más mínimo ápice de vergüenza, debo admitir no tengo una respuesta. Sólo sé que lo hago, y que ese recuerdo me hace feliz; tanto que me hace sonreír como alienado a cualquier hora del día; tanto que rivaliza con cualquier otra actividad que me proponga llevar a cabo; tanto que termino temiendo por el peligro que supone abandonarse en los brazos de tan incierta empresa.

Es posible que todo lo descrito no exista más que en mi cabeza, es posible que mientras para mí ocurría un evento singular, para ti no sucedía nada fuera de lo común. No obstante, me gusta pensar de que de alguna forma, mi presencia en tu vida no es algo tan ordinario; que una parte de ti tampoco ha dejado de pensarme, que me necesita y que sabe que lo único que debe hacer, es dejarse sorprender.

Si te preguntas a dónde va a parar todo esto, no pierdas tu tiempo: tampoco lo sé. De lo que sí sé, es de esta atracción que a duras penas puedo contener, de esta necesidad de perderme en el laberinto de tu mente, de este deseo de explorar cada rincón de tu alma. Y aún sin saber si por lo menos me dejarás intentarlo, he decidido, aunque sea por esta vez, dejar de hacer preguntas y aprender nuevas formas de conocer, de descubrir, y por qué no, de amar.

Romántico hasta la médula.


Eros, ágape, filial, ¿A quién le importa como lo llamen? Siempre se tratará de ese fuego que arde en el pecho, que consume las entrañas, que hace soñar, fantasear, sufrir, rezar, prometer, renunciar, y la lista de verbos sigue hasta perderse en la infinidad de acciones a las que este sentimiento impele. Se trata de una fuerza capaz de hacer caer imperios, volver al ateo creyente, convertir al sabio en demente, construir mezquitas, pirámides, y palacios, y destruirlos con igual devoción. Se trata de ese virus que se instala en el cerebro y se extiende, a veces a ritmo lento, otras a uno vertiginoso, pero siempre seguro, envenenando cada fibra, músculo, hueso y célula que compone nuestro cuerpo, dejándolo vulnerable, inútil, ajeno.

Este post se lo dedico al amor, ese que en un instante me permite subir al olimpo y acariciar los pies de eros, y al siguiente me arroja con fuerza al infierno a la diestra de hades. Ese que me hace escribir sonetos y a la vez me impulsa a quemarlos en la hoguera. El mismo que hace lucir espléndidas las mañanas plétoras de aromas y colores, y en estado dicromático sume las noches para exaltar esa luna radiante que nos deslumbra en cada ciclo. Este artículo se lo quiero dedicar a ese romanticismo del que no me puedo sustraer, con el que fui maldito desde el día de mi nacimiento y el cual abrazo, pues he aprendido a vivir con su arbitrariedad, con su demencia, pero a la vez con su infinita e innegable belleza.

Se dice que es el único sentimiento capaz de obrar grandes cambios, y aunque afirmar tal cosa es una falacia, pues el dolor también palpable y sus efectos notorios, en éste artículo no haremos mención de éste último, sino de aquél capaz de sacar, en apariencia, lo mejor del alma humana. ¿Quién no se ha despertado con una ilusión a flor de piel? ¿Esa que nos susurra: Puedes ser mejor de lo que hasta ahora has sido? ¿Esa que nos acaricia mientras nos intenta convencer que el mundo no es únicamente oscuro como aparenta ser, sino que hay también en él luz, bondad, y belleza? Esa que nos sacude, nos toma en sus brazos y nos dice: ¡Eres importante para alguien! Sí, saben bien de lo que hablo, también han sido víctima de su dulce ponzoña.

Algunas preguntarán ¿Y qué hay de la realidad post-romance? ¿Qué pasa cuando se esfuma esa bruma que nos nubla el juicio? ¿Qué queda cuando ya no es calor lo que reina en el cuerpo? Ah sí: dolor, tristeza y el deseo inquebrantable de no volver a sentir. También estamos lo suficientemente relacionados con esa trilogía como para dudar de su existencia. Pero nunca la oscuridad le restará imponencia a la luz, de la misma forma como el dolor jamás podrá opacar las sonrisas, el placer, la felicidad. Y aunque ambos se presentan con tanta fuerza que nos sentimos tentados a creer que su opuesto se encuentra aniquilado, debemos recordar que ahí están, aguardando su oportunidad para hacer estragos. Ambos componen un paquete que se toma completo, o se deja intacto.

3, 2, 1…


Silencio. Incredulidad. Shock. Y finalmente: vacío.

Pocos momentos son tan impactantes en la vida de un ser humano como aquellos en los que se siente que “se cae el suelo bajo los pies”.  Ningunas palabras describen mejor lo que se experimenta cuando nuestros escenarios más temidos abandonan las pesadillas y oscuras fantasías para materializarse en el mundo real, eventos para los que no se tenia ni un ápice de preparación: La muerte repentina de un ser querido con toda una vida por delante, el despido de un trabajo en el que se esperaba ser el empleado del mes, el repentino ‘Adiós’ de una persona con la que se pensaba estar el resto de tu vida.

La tierra bajo tus pies no se inmuta,  sin embargo, aparece esta la sensación de que todo se ha derrumbado, de que quedas suspendido en el espacio y en el tiempo con un solo pensamiento fijo: “Esto no esta pasando”, los latidos de un corazón que martillea tan fuerte que sientes que va a salir del pecho, el sudor intenso de las manos que no cesa, el silencio abrumador de los alrededores, el impresionante vació en la zona abdominal. Literalmente, es como si la película de la vida se pusiera en pausa y continuara en una hecatombe de dimensiones apocalípticas ante la cual preferirías dejar de existir, antes que ser el protagonista.

Cuando nos aferramos demasiado a un lugar, a un trabajo, a una casa, a una persona, a un momento, la vida nos sacude violentamente; nos recuerda (con dolor, pues lo que no se aprende con sangre se olvida fácilmente) que todo es efímero; nos  quita aquello que por temor a ser miserables rehusamos a soltar;  nos deja frente a una decisión simple, que generalmente terminamos agradeciendo: Avanzar o morir.

Rangoon 1927


Generalmente utilizo esta bitácora para expresarme a traves de textos propios. Hoy haré una excepción pues creo que este fragmento de ‘Rangoon 1927’,  refleja una busqueda… MI busqueda.

 
…Fue así, la encontré cerca
de los buques de hierro
junto a las aguas sucias
de Martabán: miraba
buscando hombre:
ella también tenía
color duro de hierro
su pelo era de hierro,
y el sol pegaba en ella como en una herradura.

Era mi amor que yo no conocía.

Yo me senté a su lado
sin mirarla
porque yo estaba solo
y no buscaba río ni crepúsculo,
no buscaba abanicos,
ni dinero ni luna,
sino mujer, quería
mujer para mis manos y mi pecho,
mujer para mi amor, para mi lecho,
mujer plateada, negra, puta o pura,
carnívora celeste, anaranjada,
no tenía importancia,
la quería para amarla y no amarla
la quería para plato y cuchara,
la quería de cerca, tan cerca
que pudiera morderle los dientes con mis besos,
la quería fragante a mujer sola,
la deseaba con olvido ardiente.

Ella tal vez quería
o no quería lo que yo quería,
pero allí en Martabán, junto al agua de hierro,
cuando llegó la noche, que allí sale del río,
como una red repleta de pescados inmensos,
yo y ella caminamos juntos a sumergirnos
en el placer amargo de los desesperados.

 
– Pablo Neruda

I just don’t care


“Nosotros, que comprendemos la vida, nos burlamos de los números.” (Antoine de Saint-Exupéry, El principito)

No me interesa tu color favorito,

Mucho menos un número al azar que consideras singular;

Tampoco tengo interés alguno en tu fruta preferida, tu plato predilecto o si prefieres salsa rosada o BBQ.

También me importa muy poco si naciste bajo el signo de acuario, sagitario o piscis;

De hecho,  me es indiferente el día que naciste y en el que al parecer es, el único en el que te sientes importante.

¡Eres un tonto! – Replicas-

Lo soy -Te lo confirmo-.

Soy tonto pues no necesito enterarme de cifras ni de nimias preferencias que inducen a los incautos a abrazar la falsa idea de compatibilidad. Tampoco las necesito para sentirme identificado con lo que eres, pues estoy convencido de que una conexión a niveles  tan insignificantes no me llevaría más que a una experiencia pasajera, superficial, engañosa e intrascendente.

Espero más de ti:

Espero saber qué te hace sonreír,

Qué canción te hace bailar de forma involuntaria,

Qué te aflige hasta los huesos,

A qué le temes,

Que es lo que más amas,

Quien te gustaría ser,

Cómo te gustaría que te recordaran,

A qué no le puedes decir no,

De qué te arrepientes,

Qué odias con toda tu alma,

Cuáles son tus luchas,

Cómo amas,

Cuál es tu pasajero oscuro.

Discúlpeme señorita, pero no me interesa tener toda aquella información de la que ya disponen todos los que estuvieron aquí y que se fueron engañados pensando que partían con las manos llenas de lo que creyeron que eras tú, pero que en realidad llevaron completamente desnudas pues jamás te conocieron.

Te quiero a ti, quiero tu esencia, eso que sólo se da a un verdadero amante, a un compañero, a un confidente; a alguien que se siente incapaz de aceptar aquello con lo que el resto del mundo se suele conformar. Quiero todo aquello que se encuentra velado a los ojos de los que no saben qué buscar ni dónde mirar, pues sus ojos están acostumbrados a la oscuridad, a lo cotidiano, a lo regular.

No quiero que al enfocar mi lente un día cualquiera, encuentre solo números errados y cálculos equivocados. Quiero saber que vi algo real, algo coherente;  algo que será capaz de trascender los recuerdos y permanecer inmutable ante las innumerables miradas que haré en el futuro desde todos los ángulos posibles.

Alguna vez me preguntaron, ¿Si puedes tener mi cuerpo cuando quieras sin lastimarme, por qué insistes en tomar mi corazón? A lo cual respondí: porque lo primero lo puede tener cualquier hombre que tú desees, pero lo último, sólo lo tendré yo.