Nostalgias trasnochadas


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Calculo que deben ser las 3 de la mañana y no he dormido casi nada. ¿La razón? El tibio cuerpo que duerme a mi lado. La última vez que se despidió me dejó con la certeza de que jamás volvería a tener el privilegio de verla dormir con esa seriedad que tanto la caracteriza: su ceño fruncido, los labios tensos, su rostro parco.

Debajo de las sábanas descansa la mujer con la que ni en mis sueños más optimistas me imaginé compartiendo esta humilde cama de un metro por noventa centímetros. Vamos, ni si quiera tiene un atisbo de ortopedia o ergonomía, es un triste colchón que cede y se curva bajo nuestro peso. Y aquí está ella, como si en la cama de un rey estuviera durmiendo. ¿No es magnífica?

Si les soy sincero, no sé que hace acá. Podría estar en cualquier lugar que quisiera, en la cama de quien quisiera, en la compañía de quien quisiera. Pero de todo ese universo de posibilidades, me eligió a mí, un pobre loco de veinti tantos años en cuya vida lo único que da la impresión de coherencia es la forma en que dice quererla.

“Disfruto estar contigo, no pienses demasiado”, me escribió alguna vez con su puño y letra en el portugués más improvisado y bello que jamás he visto. De haber seguido su consejo, no estaría acá intentando esculpir en palabras aquello que viví, con la esperanza de que cuando todo lo demás no esté, queden estas letras como monumento a esa felicidad que sólo puede entenderla quien la ha sentido alguna vez.

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