Nostalgias trasnochadas


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Calculo que deben ser las 3 de la mañana y no he dormido casi nada. ¿La razón? El tibio cuerpo que duerme a mi lado. La última vez que se despidió me dejó con la certeza de que jamás volvería a tener el privilegio de verla dormir con esa seriedad que tanto la caracteriza: su ceño fruncido, los labios tensos, su rostro parco.

Debajo de las sábanas descansa la mujer con la que ni en mis sueños más optimistas me imaginé compartiendo esta humilde cama de un metro por noventa centímetros. Vamos, ni si quiera tiene un atisbo de ortopedia o ergonomía, es un triste colchón que cede y se curva bajo nuestro peso. Y aquí está ella, como si en la cama de un rey estuviera durmiendo. ¿No es magnífica?

Si les soy sincero, no sé que hace acá. Podría estar en cualquier lugar que quisiera, en la cama de quien quisiera, en la compañía de quien quisiera. Pero de todo ese universo de posibilidades, me eligió a mí, un pobre loco de veinti tantos años en cuya vida lo único que da la impresión de coherencia es la forma en que dice quererla.

“Disfruto estar contigo, no pienses demasiado”, me escribió alguna vez con su puño y letra en el portugués más improvisado y bello que jamás he visto. De haber seguido su consejo, no estaría acá intentando esculpir en palabras aquello que viví, con la esperanza de que cuando todo lo demás no esté, queden estas letras como monumento a esa felicidad que sólo puede entenderla quien la ha sentido alguna vez.

Mea culpa


Reconozco que ignoro muchísimo más de lo que creo o aparento saber;

Reconozco que me cuesta trabajo aceptar mi responsabilidad las veces que me equivoco;

Reconozco que no sé querer sin lastimar o ser lastimado;

Reconozco que hablo más de lo que sé escuchar y el doble de lo que debería callar;

Reconozco haber juzgado erróneamente el carácter de una gran cantidad de personas creyendo tener el derecho a hacerlo;

Reconozco que discrimino a mis semejantes en función de su belleza o inteligencia a pesar de carecer de lo primero y no destacarme en lo segundo;

Reconozco que no sé valorar a las personas que, a pesar de todo lo anterior, me tienen en gran estima;

Y finalmente, reconozco que en oposición a lo que siempre había pensado, aceptar este catálogo de defectos no me hace más vulnerable que el resto de personas: me hace un ser humano con toda la dicha y desgracia que esta denominación encierra.

Stop asking


De niño aprendí que preguntas como: Quién eres, cuál es tu historia, o qué esperas conseguir en la vida, eran fundamentales si se esperaba conocer a una persona. Sin embargo, últimamente no puedo sustraer de mi mente la idea de que hay encuentros en los que esas cuestiones pasan a un segundo plano, pues un breve momento basta para tener dejarse seducir por ese camino que se insinúa tentador a primera vista; que hay miradas que valen más que mil frases de cajón; que hay contactos leves de piel que liberan más energía que una explosión nuclear; que hay extraños silencios que dicen más que horas de conversaciones; que hay una comunicación indescifrable entre dos cuerpos que  juegan a dejarse atraer cual imanes.

Si me preguntas por que razón estoy escribiendo esto, o por qué no he podido olvidar tus manos desde que las tuve entre las mías, o por qué no he podido olvidar tus tímidos dientes, tus labios, y la forma como con ellos me hablabas; sin el más mínimo ápice de vergüenza, debo admitir no tengo una respuesta. Sólo sé que lo hago, y que ese recuerdo me hace feliz; tanto que me hace sonreír como alienado a cualquier hora del día; tanto que rivaliza con cualquier otra actividad que me proponga llevar a cabo; tanto que termino temiendo por el peligro que supone abandonarse en los brazos de tan incierta empresa.

Es posible que todo lo descrito no exista más que en mi cabeza, es posible que mientras para mí ocurría un evento singular, para ti no sucedía nada fuera de lo común. No obstante, me gusta pensar de que de alguna forma, mi presencia en tu vida no es algo tan ordinario; que una parte de ti tampoco ha dejado de pensarme, que me necesita y que sabe que lo único que debe hacer, es dejarse sorprender.

Si te preguntas a dónde va a parar todo esto, no pierdas tu tiempo: tampoco lo sé. De lo que sí sé, es de esta atracción que a duras penas puedo contener, de esta necesidad de perderme en el laberinto de tu mente, de este deseo de explorar cada rincón de tu alma. Y aún sin saber si por lo menos me dejarás intentarlo, he decidido, aunque sea por esta vez, dejar de hacer preguntas y aprender nuevas formas de conocer, de descubrir, y por qué no, de amar.

Mientras tanto, la lluvia.


Sobre su techo de zinc agujereado por el oxido, las gotas se filtran y caen sobre un cubo de agua predestinado a recibir a las rebeldes que se escapan del sitio por donde deberían resbalar hasta impactar como un chorro perfecto el suelo. Allí en su cama junto a sus dos hermanas, ella piensa que cada vez que llueve, el cielo interpreta una melodía complejísima y a la vez mágica e irrepetible. Le encanta darle nombre a cada pieza; la de esta noche: ‘Concierto de un firmamento melancólico’.

Ahora está en París, imagina como la lluvia cae suavemente sobre Las gárgolas de Notre Dame y a través del Louvre para fundirse finalmente con el Sena. Éstas son las únicas partes de la ciudad  que ha conocido gracias a las clases de geografía de su escuela. Nunca la ha visto con sus propios ojos, pero a través de la retina de su imaginación puede ver claramente a la torre Eiffel recitándole poemas a las nubes haciéndolas responder con un llanto que rocía las calles pues saben que es un amor imposible.

Volviendo de su viaje por el viejo continente, recuerda al joven que en el lado opuesto de su ciudad, cuenta las gotas de manera metódica. La cifra es precisa: ocho millones doscientas cuarenta y nueve gotas; sí, algún día él le dirá la cantidad exacta de líquido cósmico que vertió el universo sobre sus cabezas esa noche.

Mañana deberá madrugar para ir a clases, pero ya habrá tiempo para eso, por ahora… la lluvia.

Quédense.


Al tomar consciencia, siento a mi lado una presencia cálida ocupando más de la mitad de mi cama. Aún víctima del periodo de sueño que todavía me impide abrir los ojos, giro mi cuerpo, extiendo mi brazo, abro mi mano y algo extraordinario ocurre.  Eso que al principio era sólo una forma que traba de monopolizar mi cama, empieza a tomar propiedades que reconozco perfectamente pero que siempre me sorprenden de manera grata: planicie, montes, giros, vacíos, rugosidad, blandura, círculos, líneas, minúsculas partículas, curvas… ¿Ya estas despierto? La voz a mi lado Interrumpe el descubrimiento de este conocido pero siempre nuevo mundo. Te deslizas sobre el suave algodón de las sabanas hasta llegar a mi, pasas un brazo sobre mi cuello y como por arte de magia, las letras de ‘I never gonna leave this bed’, pasan por mi mente. Esbozo una sonrisa. Ella a mi lado, la devuelve y me pregunta ¿Qué es tan gracioso? Nada. ¡Qué brillantez! Apenas puedo contener el orgullo de tenerla a mi lado y sólo atino a decir: “nada”. Cierras tus ojos y te acercas a mi pecho. Sí, ahí te sientes segura. Empiezo a acariciar tu cabello: Todo estará bien…  No, tú no necesitas que yo te diga eso, no necesitas de alguien que te mienta, sabes bien que en algún momento algo saldrá mal, pero no ahora. El gesto no tiene aquél significado, lo hago porque mis manos son esclavas de cada fibra que adorna tu cabeza, las masajean, las besan, les agradecen su existencia. Por un momento siento que te has vuelto a dormir: yo sigo con mi exploración. Demonios, ¿Por qué tan perfecta? Si intento comparar mi cuerpo con el tuyo, no puedo menos que agradecer que existas. Encuentro incomodos y rústicos vellos ahí donde tú tienes suave y delicada piel; dureza ahí donde eres esponjosa;  impecables curvas ahí donde soy rectilíneo; montes donde yo soy valle; belleza ahí donde yo soy… yo.

La luz entra por mi ventana, al tener tu cuerpo toda mi atención, ni lo había notado. Ahora me doy cuenta que afuera hace un día perfecto cuya descripción es bastante simple: cualquiera en el que estés a mi lado. Despiertas una vez más y lentamente abres tus ojos. Esta vez acercas tus labios a los míos, pero antes de juntarlos me miras fijamente, ¿Qué buscas? no lo sé, tal vez algún reflejo que me delate. Encontrado eso sobre lo que sólo puedo conjeturar, complacida cierras tus ojos, abres la boca, y empiezas a juguetear con la mía, la muerdes, la provocas, me besas profundamente. Tus delicados labios se confunden con los míos, sí, ellos tampoco se quieren separar. Alejas tu rostro, y feliz observas mi cara de alienado. Ahora no te quedan dudas: soy tuyo. Eso que llaman Historia, no es otra cosa que el registro del deseo de mujeres como tú que se han atrevido a moldear civilizaciones, culturas, genios, tiranos. Son la magia que hasta hace un tiempo se realizaba tras bambalinas pero que ahora le da la cara al público, orgullosa de su ingenio. Ahora estoy seguro que ustedes NO son iguales a nosotros y que jamás deberían aspirar a semejante atrocidad. Volverse el reflejo de nuestra barbarie equivaldría a perder la fuerza que mantiene equilibrado el cosmos, que mantiene la tierra en su órbita, la que nos salva de la demencia, la energía de iguales proporciones que mantiene la ecuación de la vida en perfecto balance.

“Me tengo que ir”. Se detiene la música, se oscurece el sol, me fastidia la cama. Quédate. Hablo en nombre de todos los hombres del mundo: QUÉDENSE.

Romántico hasta la médula.


Eros, ágape, filial, ¿A quién le importa como lo llamen? Siempre se tratará de ese fuego que arde en el pecho, que consume las entrañas, que hace soñar, fantasear, sufrir, rezar, prometer, renunciar, y la lista de verbos sigue hasta perderse en la infinidad de acciones a las que este sentimiento impele. Se trata de una fuerza capaz de hacer caer imperios, volver al ateo creyente, convertir al sabio en demente, construir mezquitas, pirámides, y palacios, y destruirlos con igual devoción. Se trata de ese virus que se instala en el cerebro y se extiende, a veces a ritmo lento, otras a uno vertiginoso, pero siempre seguro, envenenando cada fibra, músculo, hueso y célula que compone nuestro cuerpo, dejándolo vulnerable, inútil, ajeno.

Este post se lo dedico al amor, ese que en un instante me permite subir al olimpo y acariciar los pies de eros, y al siguiente me arroja con fuerza al infierno a la diestra de hades. Ese que me hace escribir sonetos y a la vez me impulsa a quemarlos en la hoguera. El mismo que hace lucir espléndidas las mañanas plétoras de aromas y colores, y en estado dicromático sume las noches para exaltar esa luna radiante que nos deslumbra en cada ciclo. Este artículo se lo quiero dedicar a ese romanticismo del que no me puedo sustraer, con el que fui maldito desde el día de mi nacimiento y el cual abrazo, pues he aprendido a vivir con su arbitrariedad, con su demencia, pero a la vez con su infinita e innegable belleza.

Se dice que es el único sentimiento capaz de obrar grandes cambios, y aunque afirmar tal cosa es una falacia, pues el dolor también palpable y sus efectos notorios, en éste artículo no haremos mención de éste último, sino de aquél capaz de sacar, en apariencia, lo mejor del alma humana. ¿Quién no se ha despertado con una ilusión a flor de piel? ¿Esa que nos susurra: Puedes ser mejor de lo que hasta ahora has sido? ¿Esa que nos acaricia mientras nos intenta convencer que el mundo no es únicamente oscuro como aparenta ser, sino que hay también en él luz, bondad, y belleza? Esa que nos sacude, nos toma en sus brazos y nos dice: ¡Eres importante para alguien! Sí, saben bien de lo que hablo, también han sido víctima de su dulce ponzoña.

Algunas preguntarán ¿Y qué hay de la realidad post-romance? ¿Qué pasa cuando se esfuma esa bruma que nos nubla el juicio? ¿Qué queda cuando ya no es calor lo que reina en el cuerpo? Ah sí: dolor, tristeza y el deseo inquebrantable de no volver a sentir. También estamos lo suficientemente relacionados con esa trilogía como para dudar de su existencia. Pero nunca la oscuridad le restará imponencia a la luz, de la misma forma como el dolor jamás podrá opacar las sonrisas, el placer, la felicidad. Y aunque ambos se presentan con tanta fuerza que nos sentimos tentados a creer que su opuesto se encuentra aniquilado, debemos recordar que ahí están, aguardando su oportunidad para hacer estragos. Ambos componen un paquete que se toma completo, o se deja intacto.